viernes, 3 de junio de 2011

¿Por qué Luis Suárez redactó esas entradas del Diccionario Biográfico de la Academia de la Historia?

Investigo aspectos de historia social y económica de la transición del siglo XVII al XVIII, y lo hago con interés y empeño. Pero podría haberme dedicado igualmente a investigar elementos de historia política o cultural del siglo XIV. O del IV. No tengo filias. Me decanté por la etapa moderna porque no me quedaba más remedio que decidirme, y me atraía tanto como cualquier otra época... salvo la contemporánea, que arrastró tras de sí a la mayoría de mis compañeros.

Quien me conoce bien y ha visto mi biblioteca, sabe de mi interés por los dos últimos tercios del siglo XX. Sin embargo, nunca quise dedicarme al siglo XX; y menos aún, a la Segunda República, la guerra civil española, el franquismo o la transición democrática. No es una contradicción. Lo que me interesa como lectora no necesariamente debe interesarme como investigadora. Más aún: decantarse requiere conocer las propias debilidades y fortalezas. Y a mí, la etapa contemporánea me ha derrotado de antemano con dos armas: una es de tipo técnico, y otra es muy personal.

En muchos países, entre ellos España, está vigente una legislación que impide el acceso a documentación esencial. Las leyes de secretos oficiales, sea cual sea su denominación, son una cortapisa insalvable. Todas las etapas históricas sufren de lagunas documentales; cuanto más remota sea la época, mayores son esas carencias. El especialista en Arqueología Prehistórica es un ejemplo extremo; y, sin embargo, el arqueólogo de la Prehistoria se esfuerza en obtener y analizar información de la cultura material con la tranquilidad de saber que su investigación no está mediatizada por vetos legales. Lo mismo se aplica a los especialistas en otras épocas: la documentación, menor o mayor, aparece y se estudia. El contemporaneísta, en cambio, vive una situación paradójica: sabe que en un determinado archivo, bajo custodia pública, se encuentra documentación importante, quizá esencial; pero no podrá acceder a ella en toda su vida profesional, porque la legalidad vigente se lo impide.

Este problema técnico puede soslayarse legítimamente. El historiador realiza su trabajo con las fuentes accesibles, y siempre está dispuesto a rectificar sus conclusiones; por otra parte, vale la pena aplicar el método histórico al conocimiento de una época que, de otro modo, estaría en manos de otros profesionales. Por otra parte, no se debe ceder espacio a la charlatanería y la propaganda panfletaria. Dentro de las limitaciones legales, el historiador dispone de margen de maniobra. Es un argumentario que no me persuade, pero comprendo que son razones de peso.

En mi ánimo, sin embargo, pesa mucho más una objeción personal. Me faltan recursos para enfrentarme a una época en la que se coció el drama de mi familia, y cuyas consecuencias sociales y económicas han alcanzado a tres generaciones posteriores. No tengo paciencia para quienes ponen el paño púdico sobre las vergüenzas de los que amenazaron con fusilar a un niño refugiado de 9 años que, tiempo después, fue mi padre. Ni soporto a los que emplearon la bandera de la República para hacerse un moquero con ella, y después la esgrimieron como banderín de enganche. No aguanto a los salvadores de patrias, menos aún cuando la patria que quisieron salvar fue la mía, y las vidas que destrozaron fueron las de mi propia gente. Hablamos de los traumas infantiles que causan las guerras de hoy, y no acabamos de entender que nuestros padres –nuestros abuelos, según edades- son víctimas de esos mismos horrores. Estoy personalmente involucrada en esos dos tercios de siglo, y carezco de la altura de miras y de la frialdad intelectual precisas para desvincularme.

Si yo, que no soy nadie, veo tan claras mis limitaciones, ¿cómo es posible que Luis Suárez, tan inteligente y preparado, esté tan ciego ante su propia vulnerabilidad? El colmo del despropósito es que otras personas inteligentes y preparadas le hayan consentido el sainete del artículo sobre Franco o sobre Escrivá. Luis Suárez no necesita presentación, y a nadie se le hubiera podido escapar que sus artículos sobre Franco o sobre Escrivá caerían al lamentable nivel que hemos visto, presentando a uno como un brillante y virtuoso militar y al otro como un caballero que tiene línea directa con Dios.

El muy necesario Diccionario Biográfico de la RAH ha quedado en entredicho por la irresponsabilidad de quienes debieron velar por su adecuado desarrollo. ¿Por qué se le han encargado entradas biográficas del siglo XX a un eminente medievalista como Luis Suárez? ¿Qué criterio profesional hay tras semejante decisión? ¿Es creíble que se tratara de un criterio estrictamente profesional? ¿Tan mediocres son los académicos contemporaneístas que tuvieron que encargarle la entrada de Franco y de Escrivá a un medievalista? Hace falta estar muy endiosado, sentirse muy por encima del bien y del mal, para creer que el sello de la Academia basta para dar credibilidad a cualquier dislate. Cuando se actúa de ese modo tan imprudente, no se puede exigir el aplauso de la sociedad, ni emplear las débiles defensas de algunos académicos. Las protestas de los académicos por el trato que están recibiendo son excusas de mal pagador. El momento de sus protestas ha pasado ya: habrían tenido sentido en sede académica, si alguien hubiera exigido rigor a la hora de escoger especialistas.


No basta con exhibir un currículum preñado de méritos y glorias: es preciso demostrar que se está a la altura de esos logros.

2 comentarios:

El ángel de Olavide dijo...

Ahora ya se quien es la Mado que de vez en cuando se pasea por mi blog.
En cuanto a tus argumentos sobre este desastre de los señores de la Academia son precisos, oportunos y cargados de sentido común.

Tu vecino

José Luis dijo...

Muy bueno. Has expuesto un problema al que se enfrentan los historiadores contemporáneos que quieren investigar épocas recientes, y que personalmente no pensaba que fuera tan presente. Gracias por exponerlo.

Y desde luego la RAH ha quedado en entredicho al permitir que alguien del Opus Dei y miembro de la Fundación Francisco Franco realice biografías de Escrivá y Franco que ya a priori no van a partir de la objetividad imprescindible en un historiador.

Lo dicho, que me ha gustado y gracias :)